Tres días después de ponerse la banda presidencial, Abelardo de la Espriella tuvo que cambiar los discursos de posesión por viviendas en el suelo, carreteras destruidas y familias que lo habían perdido todo. El terremoto del 10 de agosto no le concedió luna de miel política, lo obligó a gobernar.

AUTOR
Orlando Campero Coronado
Editor, Patria Firme
Hay presidentes que llegan al poder y tienen cien días para aprender dónde quedan las puertas, quién contesta los teléfonos, cuáles ministros funcionan y cuáles todavía están buscando la oficina. Hay otros a quienes la historia les concede algunas semanas para acomodarse en el sillón, medir las palabras y descubrir que una cosa es ganar unas elecciones y otra bastante diferente es gobernar un país.
A Abelardo de la Espriella le dieron tres días.
Después, Colombia tembló. Y no fue una metáfora.
El 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió buena parte del país y convirtió en segundos la celebración de un nuevo gobierno en una carrera contra la muerte. El movimiento afectó principalmente Chocó, Risaralda, Quindío, Caldas y Valle del Cauca, pero sus consecuencias terminaron extendiéndose mucho más allá del epicentro. Una tercera parte del territorio nacional resultó afectada.
En 90 segundos, ya no importaban demasiado los discursos de la posesión presidencial. Había destrucción en gran parte del país y mucha gente bajo los escombros.
El poder dura cuatro años, una ciudad se destruye en segundos
De La Espriella había llegado a la Casa de Nariño con una agenda política definida, promesas ambiciosas y una idea de país que había repetido durante la campaña. Pero aquella mañana la naturaleza decidió imponerle su propio programa de gobierno.
Había que buscar desaparecidos, atender heridos, conseguir agua, abrir carreteras, improvisar albergues, movilizar militares, coordinar alcaldes y gobernadores, recibir ayuda internacional y comenzar a responder una pregunta gigantesca que nadie tenía prevista tres días antes, ¿cómo se reconstruye un país?
Entonces ocurrió algo que probablemente terminará definiendo estos primeros días de su Presidencia.
El presidente salió, no hacia un estudio de televisión ni hacia una tarima. Salió hacia las regiones afectadas.
Quibdó, Pereira, Buenaventura. Aeropuertos, carreteras, hospitales, barrios afectados. Lugares donde la tragedia no cabía en un informe porque estaba ahí, de frente.
En Buenaventura inspeccionó personalmente los daños provocados por el terremoto y encontró una ciudad donde la emergencia se mezclaba con problemas acumulados durante décadas. En Chocó ocurrió algo parecido, detrás de los edificios afectados aparecía otra grieta, mucho más antigua que la abierta por el sismo, la del abandono histórico de una región que lleva demasiado tiempo esperando al Estado.
Quizá por eso las tragedias tienen esa extraña capacidad de desnudar a los países. El terremoto tumbó paredes, pero también dejó visibles problemas historicos.
Gobernar con los zapatos llenos de polvo
Las fotografías de aquellos primeros días comenzaron a construir una imagen distinta de la Presidencia.
No era únicamente el mandatario detrás del atril. Era el presidente caminando entre damnificados, escuchando alcaldes, hablando con gobernadores, entrando en zonas golpeadas y preguntando cuánto hacía falta.
Nada de eso garantiza que una casa sea reconstruida, conviene decirlo. Una visita presidencial no levanta paredes. Una fotografía no devuelve un techo. Una declaración no reabre una carretera. Y ninguna promesa, por conmovedora que resulte, sustituye la obligación de ejecutar.
Pero en una tragedia hay algo que ocurre antes de la reconstrucción y que también importa, la sensación de que alguien está con las manos en el timón.
El Gobierno declaró la emergencia económica y comenzó a estructurar mecanismos extraordinarios para movilizar recursos. Paralelamente puso en marcha un plan junto al sector constructor, los gremios, las entidades territoriales y el sistema financiero para enfrentar uno de los problemas más urgentes, devolverles el techo a miles de familias.
La cuenta que dejó la tierra
Una semana después del terremoto comenzaron a aparecer los números grandes. Demasiado grandes.
El Gobierno estimó que reconstruir los daños costará más de 30 billones de pesos. Detrás de esa cifra están viviendas, carreteras, infraestructura pública, comercios y comunidades enteras que tendrán que comenzar nuevamente.
Pero hay cifras que las calculadoras no saben sumar.
¿Cuánto cuesta la casa donde una familia crió a tres generaciones?
¿Cuánto vale el negocio pequeño que tardó veinte años en levantarse y segundos en desaparecer?
¿Cómo se contabiliza el miedo de un niño que desde aquella mañana siente que el piso puede traicionarlo?
Los gobiernos hablan necesariamente en billones.
Las víctimas hablan de camas, fotografías, paredes, mascotas, recuerdos. De cosas que no aparecen en ningún presupuesto.
Por eso reconstruir Colombia será mucho más complicado que invertir millones en cemento y varillas.
Un Plan Marshall nacido entre las ruinas
En Chocó, De La Espriella decidió elevar la apuesta, propuso un “Plan Marshall” para el departamento, utilizando la tragedia como punto de partida para resolver problemas que existían mucho antes del terremoto. La idea supone que reconstruir no debería significar simplemente volver a colocar las cosas exactamente donde estaban.
Porque en algunos lugares volver a como estaban significaría reconstruir también el abandono.
El planteamiento abre una discusión interesante, una tragedia puede ser únicamente una operación de reparación o puede convertirse en la oportunidad para corregir deudas históricas.
El presidente ha escogido públicamente la segunda. Ahora tendrá que demostrar que puede pagarla.
Doce camiones y una pregunta
Mientras las grandes decisiones se discutían en despachos y reuniones, otra Colombia avanzaba por carretera.
Doce camiones cargados con alimentos, medicamentos y elementos de ayuda humanitaria fueron anunciados para Chocó dentro de la movilización encabezada por la primera dama Ana Lucía Pineda. Agua, comida, insumos médicos.
Cosas sencillas, cosas indispensables. Porque las tragedias tienen esa brutal capacidad de reducir la vida a sus elementos esenciales.
Cuando alguien acaba de perder la casa, una botella de agua deja de ser una botella de agua. Es agua, y basta.
Y entonces aparecieron los balones
En Buenaventura ocurrió una escena aparentemente pequeña que terminó creciendo hasta convertirse en discusión nacional.
El presidente llevó balones de fútbol para algunos niños damnificados. Hubo críticas.
En un país donde faltaban techos, alimentos y soluciones, algunos preguntaron qué sentido podía tener entregar juguetes.
La pregunta parecía lógica, hasta mirar a los niños.
Porque los adultos reconstruyen una tragedia contando pérdidas. Los niños muchas veces comienzan a reconstruirla jugando.
Un balón jamás reemplazará una vivienda, ni un juguete sustituirá comida, agua, atención médica o seguridad. Pretenderlo sería absurdo. Pero una emergencia humanitaria tampoco termina cuando se satisface el hambre. Quedan el miedo, la ansiedad, la ruptura de las rutinas y esa memoria infantil que puede quedarse viviendo durante años en el instante exacto en que comenzó a moverse el piso.
A veces un niño necesita comer., y después necesita volver a ser niño.
El examen apenas comienza
Sería demasiado temprano convertir estos primeros días en un veredicto sobre una Presidencia que apenas comienza.
También sería injusto ignorarlos.
De La Espriella recibió su primera gran crisis nacional prácticamente en la puerta de la Casa de Nariño. No pudo escogerla, aplazarla ni culpar al calendario. Tuvo que enfrentarla.
Ha recorrido territorios afectados, declarado medidas extraordinarias, convocado empresarios, hablado de reconstrucción y prometido convertir la tragedia en una oportunidad para regiones históricamente olvidadas.
Ahora viene la parte difícil. Cumplir.
Porque llegará un momento en que las cámaras se irán.
Los periodistas regresarán a sus ciudades de origen. Las redes sociales encontrarán otra polémica. Los titulares dejarán de abrir con el terremoto y Colombia comenzará inevitablemente a mirar hacia otra parte.
Los damnificados no podrán hacerlo. Ellos seguirán allí.
Esperando la vivienda prometida, la carretera reparada, el colegio reconstruido, el negocio recuperado. Será entonces cuando verdaderamente pueda medirse este Gobierno.
No por las palabras pronunciadas mientras todavía temblaba la tierra, sino por las paredes que consiga levantar cuando deje de temblar.
Tres días
Tal vez dentro de cuatro años, cuando alguien intente explicar cómo comenzó la Presidencia de Abelardo De La Espriella, no necesitará demasiadas páginas.
Bastará recordar una fecha. 10 de agosto de 2026.
Llevaba tres días gobernando. Tres.
Todavía debía estar aprendiendo los nombres de algunos funcionarios cuando tuvo que aprender los nombres de los pueblos destruidos.
Todavía podía quedarle ropa de la posesión sin guardar cuando comenzó a caminar entre ruinas.
La historia no le concedió cien días. Le concedió tres.
Después movió la tierra.
Y le dijo: Gobierna.
